LA LA LAND; LA VUELTA DEL MUSICAL CLASICO

La La Land, la última película del prometedor realizador estadounidense Damien Chazelle, se alzó como una de las grandes triunfadoras del último certamen del Festival Internacional de Toronto (TIFF), donde conquistó el premio del público y se postuló como una de las grandes candidatas a acaparar premios y menciones durante la próxima temporada cinematográfica. Su mirada nostálgica y cautivadora del musical ha constituído uno de los momentos más celebrados de la pasada edición del Festival de Toronto, el que algunos consideran ya una especie de Cannes a la americana. Con su anterior película Whiplash, Chazelle se situaba en la línea de denuncia de los excesos pedagogicos, tipo La chaqueta metálica (Stanley Kubrick); Tortura (Alf Sjöberg) o La mala educación (Pedro Almodóvar). Películas en las que se relatan situaciones de abuso, rayando en el sadismo en los que instructores, profesores o educadores sobrepasan el límite de la autoridad para derivar en pura humillación.

Con La La Land Chazelle cambia de registo cinematográfico para rendir un sentido homenaje al cine musical hollywodiense de los años 50 y principios de los 60’s. Al final Chazelle consigue hibridar lo mejor del cine clásico del Hollywod dorado de los grandes estudios, con su particular visión autoral llena de talento cinematográfico. Tan buena es La La Land que está destinada a marcar un antes y un después en la carrera de Chazelle, quien demuestra tanto un conocimiento muy profundo de la tradición del cine clásico de Hollywood, como una mirada fresca y muy personal de géneros clásicos de Hollywood como son el musical, la comedia o el melodrama. Todo resulta fascinante en la película, desde sus corales números musicales iniciales, con la coreografía del atasco en los accesos de Los Angeles, donde la influencia del Robert Wise de West Side Story está muy presente, hasta su mirada nostálgica de las oníricas coreografías del musical de los 50 (Stanley Donen, Vincent Minnelli, Blake Edwards) en el que hacen acto de presencia la pareja protagonista, interpretada por la dupla de Ryan Gosling y Emma Stone. Uno de los grandes aciertos de Chazelle ha sido saber combinar lo mejor del musical clásico, con una mirada no estereotipada, ni de demasiado encorsetada de la estructura formal del melodrama. De ahí que por un lado, sus movimientos de cámara imiten los de los grandes producciones en cinemascope de los 50, su hipnótica fotografía o que la transición de los planos se muevan dentro de los parámetros de la tradición del Hollywood más clásico, al mismo tiempo que renuncie al final al happy end, para dar paso a una mirada más madura, más personal y descorazonadora del amor. Por todo ello, Chazelle consigue aunar a lo onírico y lo real , algo poco habitual en el musical, y lo hace integrándolo en una historia que permite hacer pasar al espectador por varios estados de ánimo a lo largo de la película y hacerlo participe de la magia del cine, que por un lado entretiene, evade y por otro muestra el lado más amargo de la vida, donde los sueños rara vez se cumplen.

La puesta en escena es prodigiosa y explora todas las posibilidades narrativas del musical, un género muchas veces minusvalorado y que Chazelle se encarga de reivindicar en todo su esplendor. El guión responde a los cánones del melodrama musical. Es la historia de una pareja formada por dos perdedores, Sebastian (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone), cuyos destinos se entrecruzan casualmente. Viven una intensa historia de amor que transcurre paralela al desarrollo de las diversas estaciones del año. Sebastian es un frustrado músico de jazz, amante de los pianistas clásicos como Thelonious Monk o Bill Evans, cuyo éxito profesional se ve comprometido por su fidelidad a la pureza del jazz más clásico, hoy en día en declive. Mia es una actriz que sobrevive como camarera mientras espera poder cumplir su deseo de triunfar en los escenarios. El curso de sus vidas cambia cuando se conocen y se enamoran, hasta el punto de querer cambiar los aspectos más grises de sus existencias por la incertidumbre de sus propios sueños. Todo funciona hasta que Sebastian encuentra un trabajo como músico de sesión de un grupo de free jazz y traiciona sus ideales, lo que había servido de cimiento a la relación entre ambos.

El argumento responde al esquema clásico del melodrama clásico hasta que Chazelle le imprime un giro al final a la historia que le permite la cuadratura del círculo: renunciar al final feliz previsible sin traicionar la esencia del cine clásico que demanda el triunfo de lo onírico en una estructura narrativa predeterminada. La cultura del jazz, muy presente en su anterior película, sigue también estando muy presente en toda la película. Su uso de la comedia como contrapunto de las situaciones dramáticas y como catalizador de los números musicales es muy lograda, favoreciendo que el espectador se enganche a un género, el musical, donde la verosimilitud es muy difícil de lograr.

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