Seminci 2016: “Las Furias” de Miguel del Arco

La 61 edición de la Seminci de Valladolid se inició con el pre-estreno del primer largometraje del dramaturgo español Miguel del Arco, quien atesora una dilatada experiencia como realizador teatral, con adaptaciones de Pirandello, Shakespeare o Steinbeck entre otros. Las Furias son originariamente un mito griego con el que se ilustraba la venganza y la expiación por las faltas cometidas en el seno de la familia. Según el mito griego, las tres furias (Alecto, Tisífone y Megera), eran hijas nacidas de la diosa de la tierra, Gea, como consecuencia del intento de parricidio de Urano por parte de su hijo Cronos, el cual castró a su padre y con la sangre de éste se fecundó Gea. Miguel del Arco parte de esta ilustración mitológica del deseo de venganza para exponer una historia de odios familiares larvados durante décadas, verdades inconfesadas y secretos vergonzantes. 

Como no podía ser de otra manera, tratándose de un realizador teatral, el mundo del teatro está muy presente durante toda la película: diálogos con referencias a Shakespeare, desarrollo de la trama propia de una verdadera tragedia griega de transfondo edípico, los nombres griegos de algunos de los protagonistas (Héctor, Aquiles…), el hecho de que uno de los protagonistas, enfermo de alzheimer, es un actor de teatro retirado y un cierto regusto en las interpretaciones por el histrionismo y la declamación teatral. No obstante la película tampoco renuncia a elementos netamente cinematográficos como son una fotografía tenebrista que anticipa el drama que se avecina y muestra unos paisajes agrestes y desolados; como la vida de los personajes que componen la familia de la que habla la historia; o el hecho de hacer uso del desenfoque y el crisol de colores para mostrar los episódios psicóticos por los que atraviesa uno de los personajes de la película. Por no hablar del uso que se hace, en la primera parte de la trama, del llamado montaje paralelo, a través del cual conocemos la vida de los diversos personajes de la contemporizada tragedia griega que propone la película.

Esta nos sitúa en el seno de una familia burguesa acomodada, compuesta por el matriomonio separado de Marga (Mercedes Sampietro), una psicoanalista que mantiene una oculta relación lésbica con su ayudante (Bárbara Lennie), y Leo (José Sacristán), un antiguo actor teatral de gran éxito que se encuentra enfermo de alzheimer y por ello, aparentemente, desconectado del mundo por el que vaga declamando fragmentos de sus antiguos éxitos teatrales. A Leo, curiosamente, le ocurre lo peor que le puede pasar tanto a un actor como a un padre; haber perdido la memoria. La familia se compone también de tres hijos cuyas relaciones, aunque aparentemente cordiales, esconden secretos inconfesados y rencores pasados. Por un lado está Héctor (Gonzalo de Castro), el hijo mayor, quien aparentemente ha tenido más éxito en la vida y parece vivir muy féliz al lado de su novia de toda la vida Ana (Emma Suárez). La segunda hija es Casandra (Carmen Machi), una frustrada locutora de radio de poco éxito que vive a la sombra del éxito profesional de sus progenitores y en un matrimonio inféliz con Gus (Pere Arquillué), un músico en paro a causa de la crisis económica y que tiene graves problemas de autoestima. Ambos tienen una hija María (Macarena Sanz), la única nieta de la familia, quien tiene graves desórdenes mentales. El último hijo es Aki/Aquiles (Alberto San Juan) un bohemio escritor, frustrado por sus fracasos artísticos y sentimentales. El drama que se desencadena en la película surge como consecuencia de la decisión de Marga de vender una propiedad común familiar e iniciar así una nueva vida con su compañera sentimental. Con ocasión de la celebración de la boda entre Héctor y Ana, la familia se reúne por última vez en el caserón familiar cerca de la costa y allí se desatarán todas las tensiones acumuladas a lo largo del tiempo.

La película en principio juega con la idea griega, propia de la tragedia ática, de que el destino acaba haciendo pagar a cada uno por sus delitos y sus faltas. También presenta otra idea clásica de la tragedia griega, en la que al héroe se le proponen una serie de desafíos y contratiempos que tienen por finalidad probar su valor hasta terminar en una catarsis o purificación de las emociones. Un poco esto es lo que les ocurre a los personajes, cuyas miserias van desfilando a través de la gran pantalla (un poco como hace Mike Nichols en ¿Quién teme a Virginia Woolf?) hasta que una prueba final saca lo peor y lo mejor de cada uno de ellos, produciéndose el tan buscado efecto catárquico de la tragedia. Si la película hubiera permanecido fiel a este esquema inicial, estaríamos ante un notable debut como director de Miguel del Arco. 

Temas como el de la infidelidad conyugal, la homosexualidad reprimida, la crisis económica, la cultura del éxito, la enfermedad mental o el complejo de Edipo se presentan a lo largo de la trama. El problema de la película radica en que el director, quizás pecando de cierta pretenciosidad, acaba por traicionar esa intención inicial de la película, en favor de un tratamiento de tragicomedia, con dialógos, punzantes, pero pueriles y demasiado encorsetados. Ese excesivo uso del contrapunto humorístico lastra mucho la película, caricaturizando la historia y haciéndola desviarse en exceso de su primigenia intención. Si esta primera hibridación ya resulta forzada de por sí, cuando en la segunda parte de la película, el director decide adentrarse por la senda del thriller psicológico (María, enferma de psicosis, cree que las furias realmente existen y son las responsables de las tensiones familiares y a las que debe aplacar con un sacrificio) la película naufraga por completo, con un guión muy previsible que a veces raya en lo ridículo.

La película, que es basicamente coral, presenta unas interpretaciones sólidas, quizá un tanto hiperbólicas y teatrales por momentos pero que, en general, responden bastante bien al tono tragicómico del relato. Hay dos interpretaciones que sobresalen por encima del resto, la de José Sacristán como Leo en el papel del otrora tiránico a la vez que genial cabeza del clan familiar, y la de Gonzalo de Castro como Héctor, que como en el famoso relato homérico, es quien debe preservar la “fortaleza” familiar de los embates de su hermano Aquiles.

En conclusión se trata de una película fallida, de buenos proprósitos inciales pero que traiciona su intención inicial en aras de buscar una comercialidad que probablemente no conseguirá, en la medida en que el transfondo de la historia es maduro y complejo.

 

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